¿Cómo sobreviví a la dermatitis?

La dermatitis es una enfermedad incurable (una disculpa por decirlo así, de golpe) pero que se puede controlar en cuanto es detectada. Les voy a contar mi historia y quizá les sirva, pero recuerden que no todas las personas son iguales y el problema es diferente en cada cuerpo.

La decisión de escribir se me ocurrió después de que mi hermana fuera al médico para realizarse ultrasonidos, uno para saber si el bebé que espera está sano y otro en los riñones, ya que sentía dolores que le impedían realizar sus actividades con normalidad. Todo salió bien, excepto porque uno de los doctores detectó una erupción en su vientre, por lo que inmediatamente lo relacionó con dermatitis, pues creyó que podía ser parte de los genes de la familia, ya que yo sufro de ese problema. Sólo le recetaron una pomada, ya que le médico le dijo que parecía ser una irritación, lo que resultó ser verdad.

Mi historia con la dermatitis se remonta a cuando era un niño de apenas unos 10 u 11 años. Me daba una comezón terrible en la parte de atrás de las rodillas y los codos, me rascaba, se me ponía roja la piel y cuando sudaba me ardía. Ante esta situación, mi mamá decidió llevarme con doctores que le recetaban pomadas y tras un par de días de usarla, todo desaparecía y no volvía. Cabe mencionar que ninguno de los médicos dijo que era dermatitis, sólo lo tomaban como irritación.

Así pasaron muchos años, sin comezón, hasta que cuando tenía 23 años volvió, más fuerte que nunca. No sé en qué parte del cuerpo inició, pero el enrojecimiento se expandió y se expandió, hasta cubrir gran parte de cuerpo. Piernas, brazos, pecho, abdomen, espalda y, lo peor, la cara (justo en la frente).

Traté de sobrevivir sin visitar a un doctor, la economía no me lo permitía, pero llegó un momento que de tanto rascarme me sangraba las áreas enrojecidas, me ardía cuando me bañaba, cuando sudaba, cuando me daba el sol y la comezón era una constante. No podía dejar de rascarme y, por consiguiente, lastimarme. Hasta que no pude moverme, cualquier roce o contacto con la ropa me provocaba dolor, así que me llevaron con una dermatóloga, que me recetó alguna pomada y una crema para piel ‘especial’. Funcionó, a la semana ya no tenía nada, pero la alegría duró poco, porque en cuanto dejé de ponerme la pomada, la irritación apareció en todos los lugares donde había estado, por lo que repetí la dosis pero esto se convirtió en un círculo vicioso. Pomada, desaparecer, felicidad, volver, tristeza y repetir.

Ya no podía más, deje de usar la pomada porque me dijo la dermatóloga que si la usaba demasiado me afectaría la piel, consecuencias que no estaba dispuesto a asumir. Acepté la sugerencia de un doctor que era amigo de la familia de ir con un alergólogo, quien me hizo pruebas de sangre y directas en la piel para conocer a qué era alérgico. Los resultados fueron que tenía varias alergias pero en rangos mínimos, por lo que me recetó inyecciones.

Me las ponía tres veces por semana, seguí el tratamiento al pie de la letra hasta que después de unos meses desapareció la dermatitis. Han pasado ya dos años desde la última inyección y, aunque vivo con comezón constante pero que puedo controlar, la irritación no ha vuelto a hacerse presente y vivo feliz. Sólo debo tener cuidado con el estrés o con las cosas a las que soy alérgico, no me las prohibieron pero debo conocer mis límites.